Lo sé. Lo sabes. Lo sabemos. Duele, pero sobretodo asfixia. Es insostenible que te presentes así sin invitación en mi sueños, lo llevas haciendo ya demasiado tiempo. Ahora que caen las hojas de los árboles, y éstos desnudos se miran entre si, despojados de todas sus caretas,comprendo hasta que punto fuimos las cuatro estaciones del año pero en un solo día, si, con prisa. Como cuando me desnudabas sediento de perderte en mi cuerpo. Fuimos uno, sí; nos fundíamos siempre que lo hacíamos. Perder la identidad tantas veces no puede ser bueno, porque si yo soy tú y tú eres yo, y somos nosotros en uno solo, estamos jugando a poseernos, adueñarnos del otro sin pertenecernos, a cosificarnos, incluso. Siendo como un niño con un su juguete favorito, receloso y egoísta de que se lo quiten. Preferimos rompernos, a compartir. Entregarse sin condiciones, tiene un peaje muy alto que pagar, y créeme que yo sigo pagándolo cada noche.
Madrid, 5 de la tarde, un calor espantoso, pocos son los osados que deciden transitar las calles a esas horas y Martina es uno de ellos, que mientras hace frente al calor que desprende el terrible asfalto con unas dudosas chancletas de Zara de 5€ adquiridas por internet, espera distraída la llegada del autobús haciendo scroll en Instagram, mientras se maldice por llevar esa baratija y decide buscar rápidamente en Amazon unas en condiciones. Por supuesto, es cliente premium, con un poco de suerte, al final de la tarde las tiene en casa, listas para estrenar. Mientras, sus amigas que la esperan en la cafetería, usan el wifi gratuito para ver el último captítulo que les tiene enganchadísimas de la serie de Netflix,( esa la de las cintas de casette). Pero una de ellas presta más atención a su smartphone y desliza frenéticamente su dedo sin parar por la pantalla, viendo el Instagram de una de las influencers del momento, una tal Dulcenoseque, que por lo visto ha subido un nuevo vídeo a y...



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